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Huir para sobrevivir: El relato de cientos de sobrevivientes de femicidio

Entre el monte y el lodo, Yolanda Pérez caminaba lo más rápido que podía. A medida que avanzaba en el boscoso camino, volteaba a ver atrás para asegurarse que nadie la estuviera siguiendo. Con sus dos bebés a cuestas se le dificultaba caminar, pero el temor a ser atrapada por su esposo, la empujaba a continuar. Llevaba media hora de trayecto y le faltaba media hora más. 

Con cada paso que daba, sentía que el corazón le latía cada vez más fuerte. Los pulmones no aguantaban y las piernas le dolían. Mientras sacaba su pie que se quedó atascado en una zanja, una voz la trajo de vuelta a la realidad.  “Apurate, muchacha. Ya estamos por llegar”. Era la señora que la estaba ayudando a huir de su propia casa.

“Ya voy, ya voy”, respondió Yolanda. Durante todo el trayecto no dejaba de pensar en lo que estaba haciendo y en las consecuencias que le podía traer. Había dejado todo. Solo se había llevado a sus dos hijos más pequeños, pero a los dos más grandes los había dejado atrás. Si ella quería salvar su vida y huir de su casa, no podía cargarlos a todos.

Su destino era llegar a la carretera, la cual quedaba a más de 50 minutos de la comunidad donde vivía, en el municipio La Dalia, Matagalpa. 

No era la primera vez que Yolanda escapaba, pero a medio camino era siempre alcanzada por su esposo y devuelta a la casa para recibir una golpiza. La diferencia esta vez, es que recibía ayuda de una vecina, que conocía caminos escondidos para llegar a la calle principal sin que nadie se enterara.

Apenas marcaron las seis de la mañana de ese día, el esposo de Yolanda se fue a trabajar y ella sabía que esa era la señal. A los hijos mayores los dejó dormidos, pero a los menores simplemente los agarró y se los llevó. Sin empacar maletas de ropa, ni ninguna otra pertenencia, escapó como una fugitiva.

Faltaban solo unos minutos para salir del bosque. Yolanda se acomodó a sus hijos en los brazos, tomó aliento y continuó caminando. A pesar que el clima de La Dalia es frío, Yolanda tenía empapada la ropa de sudor. No sabía si era por el cansancio o por el miedo mismo.

Mientras terminaba el trayecto, la joven de entonces 29 años, recordaba la advertencia que le había dado su marido: “el día que te vayas de la casa, ese día te voy a dejar la cabeza en un río”. Solo salir de la propia vivienda implicaba ser golpeada por él, ahora abandonar la casa y llevarse a dos de sus hijos significaba consecuencias mucho peores.

Pese a la mortal advertencia, Yolanda sabía que si continuaba con él, la muerte de todos modos estaba asegurada. Tenía nueve años de vivir todo tipo de violencia a manos de su esposo, de estar totalmente incomunicada con su familia, y de estar aislada de todo el mundo. Yolanda sabía que de todos modos eso no era vida.

Hacía mucho que había perdido su libertad. Desde el inicio de su matrimonio a los 20 años, la violencia estuvo presente. Primero con los celos, continuó con los insultos y después con los golpes. Pero las últimas veces las agresiones habían sido tan crueles, que Yolanda sentía que su vida estaba en riesgo. Sabía que cualquier día en que su esposo estuviera dispuesto, la iba a matar.

La violencia contra ella era de conocimiento público en su comunidad, ya que el sonido de los golpes, los gritos de ella, los insultos de él y el llanto de los niños, eran los bullicios que se escuchaban cada noche desde su casa. Sin embargo, nadie se metía, ni decía nada. Pues la gente lo consideraba un asunto privado.

Hasta que un día después que su esposo la había herido de gravedad en su cabeza y le había cortado el pelo en contra de su voluntad, una señora de unos 60 años se le acercó.

—A vos muchacha ¿No te duele todo lo que ese hombre te hace?

—Y aunque me doliera ¿Cómo voy hacer? Si yo encontrara a alguien que me ayude y me saque a la carrera, yo me voy — le respondió Yolanda.

—Yo te voy ayudar, pero solo si agarrás el valor para irte. Dejalo todo y andate — le dijo insistente su vecina.

Así se estableció. La señora la iba a llevar hasta la carretera a través del monte apenas amaneciera al día siguiente. Todo por dos condiciones: que no le dijera nada a nadie y que no volviera nunca más. La joven aceptó.

Si bien tenía miedo durante todo el trayecto, también se llenaba de valor. Se sentía libre mientras más se alejaba de su casa y más se acercaba a su meta. Se liberaba del peso de un matrimonio violento y del constante temor de que su vida peligraba.

Ya eran casi las siete de la mañana, y la montosa ruta iba desapareciendo, dando lugar a una calle empedrada. Yolanda estaba exhausta de cargar a su hija de cuatro meses y a su otro hijo de un año y medio.

“Ya llegamos, aquí es”, le dijo la vecina. Había llegado a la carretera. Ahora podía tomar un bus para ir donde su mamá y refugiarse con sus hijos. Después iba a ver cómo resolver para traerse a los otros. “Muchas gracias”, le respondió la joven. Yolanda había sobrevivido a ser víctima de un femicidio.

Mujeres son vulnerables ante desobligación institucional

Todas las sobrevivientes de femicidio se ven obligadas a huir de sus casas para salvar sus vidas, indica “Sara”, activista feminista del Colectivo de Mujeres 8 de Marzo (CM8M), quien prefirió el anonimato.

“Si pudiéramos ver en los últimos cinco años en los que tenemos registros, todas las mujeres que sufrieron femicidio frustrado están huyendo. Tenemos defensoras en los barrios y en las comunidades, así que sabemos que ninguna de ellas está en su casa. Todas migraron a lo interno o a lo externo del país”, señala.

Y en Nicaragua son cientos de mujeres las que son víctimas de femicidio frustrado todos los años.

Entre el 2018 hasta agosto de 2022, se documentaron más de 508 femicidios frustrados, según el conteo del observatorio Católicas por el Derecho a Decidir; quienes hasta hace cuatro años comenzaron a publicar los números de femicidios en grado de frustración.

El registro refleja un alza dramática en los últimos tres años. Por su parte, la Policía Nacional no cuenta con un registro de los femicidios frustrados, así que cifras oficiales al respecto no hay. 

Sara indica que de acuerdo a sus seguimientos, como mínimo, el 90 por ciento de las sobrevivientes tuvieron que movilizarse fuera de sus casas para continuar con vida, ya que la Policía no brinda protección integral a las víctimas y muy pocas veces detienen a los agresores, dejándolas vulnerables a un nuevo ataque.

Las escasas detenciones contra los agresores también se deben a que la familia de la víctima no siempre atestiguan cuando se denuncian, dado que también tienen temor a ataques contra ellos y la Policía tampoco les brinda algún tipo de seguridad.

“Muchas veces las familias de las víctimas por miedo a la familia del agresor no atestiguan  los femicidios frustrados en la Policía. Es responsabilidad del Estado asumir el delito, y es responsabilidad de la familia llevar la demanda, darle seguimiento y ver que se haga justicia. Pero no todas las familias se mueven tanto”, explica la feminista.

Aunque las víctimas denuncien, la Policía no procede a la captura inmediata de los agresores hasta encontrar “pruebas suficientes” que demuestren el intento de femicidio, permitiéndoles huir, lo que les deja a las víctimas el temor constante de ser acechadas.

“Cuando hay un femicidio frustrado, hasta que no se compruebe, no se puede hacer nada. Esto se empeora cuando las familias no atestiguan. Nosotras quisiéramos que el Estado tomara el delito y procediera de manera inmediata a capturar al agresor, como proceden de manera inmediata cuando hay un aviso de que en una casa hay drogas”, señala.

Según Sara, esto ocurre porque el femicidio frustrado no se considera un delito grave tanto en el imaginario social como en el imaginario institucional; así que las autoridades policiales no consideran que la vida de las mujeres realmente está en peligro.

Esto explicaría por qué la Policía no tiene el femicidio frustrado dentro de sus estadísticas, sino que es tipificado muchas veces como amenazas de muerte, explica Sara, quien dentro del CM8M ha acompañado denuncias y ha sido testigo de ello.

“El femicidio frustrado, por el hecho de ser frustrado tiene una connotación distinta y menor en la cabeza de las autoridades, porque a lo que están acostumbrados es al femicidio más cruel, sangriento y amarillista que se ve en los medios”, expresa.

Redes de solidaridad, estrategia construida por mujeres

La falta de protección de la Policía y de las otras instituciones encargadas de garantizar los derechos de las mujeres, obliga a las sobrevivientes de femicidio a buscar refugio con sus hijos e hijas en casa de otros familiares o amistades, mayormente mujeres. El CM8M llama a esto “redes de solidaridad”.

De acuerdo con Sara, las mujeres que sobreviven a los femicidios no es porque los agresores se arrepientan de matarlas, sino porque ellas logran defenderse de las agresiones a través de la construcción de redes con otras mujeres.

Estas mujeres, que son casi siempre madres, hermanas, amigas o vecinas, ayudan a otras en situación de violencia para que logren salir de la casa de sus agresores, y les ofrecen refugio en sus propias casas.

«Ellas (las sobrevivientes) se juntan en un núcleo de solidaridad que sabe que la está apoyando y que no la está culpando. Las mujeres han venido construyendo ideas, planes, amistades, todo calladito sin que sus agresores se den cuenta», expresa.

Las mujeres piden ayuda a otras mujeres, por eso cuando Yolanda Pérez llegó a la carretera, lo primero que hizo fue dirigirse a la casa de su mamá. Pero la persecución de su esposo estaba lejos de acabar.

No basta con huir: los hombres las persiguen

“A las 6 de la mañana salí de mi casa con mis chigüines y a las 12 del medio día ya tenía al hombre en la casa de mi mamá”, recuerda Yolanda aquella historia que vivió mucho tiempo atrás, y que dice que gracias a su vecina y a su familia hoy puede relatar. Su testimonio se remonta al año 1999, cuando ella tenía 29 años y casi 10 años de estar casada.

Cuando ella llegó, su mamá no se encontraba, así que se dispuso a esperarla dentro de la casa. Pero su esposo llegó antes. Con el temor de ser agredida, Yolanda tomó en brazos a su bebé más pequeño, pensando que así él no le haría daño.

“No te lo vuelvo hacer”, le dijo su marido, refiriéndose a los golpes, las heridas, el corte de cabello y tantas crueldades más que le había hecho por años. “No, yo no vuelvo con vos”, le respondió la muchacha. Tan pronto él le dijo que no lo iba a volver hacer, se abalanzó sobre ella para pegarle, a pesar que cargaba a la niña.

Al ver que de ninguna forma ella iba a volver con él, se fue en ese momento, pero continuó regresando para acosarla y seguir insistiendo que volviera. Como siempre se ponía violento con ella cuando le decía que no, Yolanda se vio forzada a dejar la casa de su mamá meses después y se fue donde su hermano mayor en Sébaco, lugar donde su exmarido no conocía.

Si bien la siguió hasta ese municipio, no pudo encontrarla. Hasta en ese momento ella pudo rehacer su vida. Pero como venganza, él no permitió que tuviera contacto con los dos hijos mayores que había dejado en casa, que tenían 10 y 9 años en ese entonces.

“Pero yo le dije que ellos me iban a buscar e iban a saber la verdad cuando estuvieran mayores”, expresa Yolanda.

Aunque no pudo ver a sus hijos por al menos cinco años, ella fue recuperando su vida poco a poco. Comenzó a trabajar como asistente del hogar en casas de vecinos en Sébaco, y contaba con el apoyo de su hermano mayor y su cuñada para su manutención y las cosas que necesitaba.

“Me sentí libre, como si hubiera salido de un pozo. Yo no comía tranquila, era flaquita, y todo el bocado de comida que me entraba a la boca no me llegaba. Después me repuse, me puse más hermosa e hice amistades”, dice Yolanda, quien tiene actualmente 49 años.

Mujeres sobreviven, pero con secuelas

Yolanda Pérez se libró de una relación violenta y logró salvar su vida, pero no se libró de las secuelas que conlleva. Hace tres años fue diagnosticada con osteoporosis, una enfermedad en los huesos que sufría desde su matrimonio, pero que nunca pudo tratarse ya que su exmarido no le permitía ir al centro de salud, a menos que fuera con la hermana de él.

“El médico me dijo que si me la hubiera visto antes no estaría tan afectada. También son por los años en que él me obligaba a trabajar vendiendo nacatamales y haciendo otras cosas”, cuenta.

Hace tres meses también fue diagnosticada con depresión, sumado a episodios en los que pierde la memoria. Una médica naturista que visitó, le dijo que era resultado de tantos años de violencia y de desatención de su cuerpo.

Este tipo de secuelas son comunes en sobrevivientes de violencia y de femicidios, señala Sara, activista feminista del CM8M. De acuerdo con lo que ha presenciado acompañando a mujeres durante décadas, las enfermedades tanto físicas como psicológicas son una de las principales consecuencias que les deja las agresiones.

“Hay alternativas de salud naturales que las mujeres están usando, pero hay cosas que no han podido controlar como los insomnios, la hipocondría o dolores de cabeza. Toman muchos medicamentos y eso es algo que las va deteriorando. La mayoría son mujeres jóvenes de 40 años hasta los 50”, señala Sara.

También les queda mucha desconfianza y constante miedo de volver a encontrarse con su agresor. Esto se empeora con el hecho de que la mayoría de las sobrevivientes no cuentan con dinero suficiente para pagarse un médico o recibir terapia psicológica, según los registros del CM8M. 

“Lo digo por experiencia propia. Las mujeres no nacimos para ser violentadas. Si alguna mujer me escucha, le digo que pida ayuda”, incita Yolanda a otras víctimas.

Publicacióntomada de La Lupa: https://lalupa.press/huir-para-sobrevivir-el-relato-de-cientos-de-sobrevivientes-de-femicidio/

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