La dictadura Ortega Murillo y la unidad opositora


Por Oscar René Vargas


La dictadura Ortega-Murillo como todas las dictaduras del mundo tienen en común el ser antidemocráticas. No se trata de una descalificación, es una característica sobre la cual construyen su argumentario. Este ADN es compartido por todas sus vertientes: social, económica, cultural, financiera, religiosa o militar.

Entre 2007-2017, el financiamiento de la economía descansaba cada vez más en: las exportaciones de productos primarios, el dinero venezolano, las inversiones extranjeras, la expansión del extractivismo, remesas familiares, préstamos internacionales y un aumento de la actividad financiera.

Al mismo tiempo, que consolidaba un Estado rentista con menos democracia, esquema que estaba acompañado de relaciones sociales clientelares, represión selectiva y régimen autoritario.

Mientras subsistió el ciclo de la cooperación venezolana y los altos precios de las materias primas, Ortega fue apoyado tanto por sectores populares como por la elite empresarial que recibía grandes beneficios.

En esos años, el capitalismo de “amiguetes” se sustentó en controles crecientes y severos sobre las movilizaciones campesinas, en la represión/criminalización de quienes protestaban, así como en la flexibilización de las normas ambientales y laborales para atraer la inversión extranjera.

A partir de la rebelión multifacética (ecológica, social, política, económica), el régimen teme perder el poder y menguar sus ganancias; el recurso para evitar su desplazamiento consiste, en última instancia, en implementar la represión y eliminar físicamente a sus adversarios sociales y políticos. No puede cerrar los ojos. Siempre está alerta y despierto.

Cualquier cambio social democrático lo interioriza como un ataque a sus privilegios, posesiones y su permanencia en el poder. El régimen ha practicado ideologías mutantes y sin principios, adaptan sus formas políticas al proceso de acumulación de capital.

Unas veces bajo máscaras de practicar un capitalismo de rostro humano, otras al descubierto, reinventando la explotación infantil, el empleo precario, el despido libre, la evasión de impuestos y la corrupción. Son conductas recurrentes. De aquí su rechazo a la democracia.

Ortega, cuando ha perdido las elecciones o es sometido a fiscalización, invoca el ideario democrático para desestabilizar. En esa lógica, insulta, llama a la sedición, bloquea y ataca. Hace lo indecible por transformarse de victimario en víctima. Se reagrupa en torno a un objetivo, recuperar su poder y sus privilegios.

En una sociedad fundada en el dinero, todo lo que no tiene precio, estorba: Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.

La dictadura no tiene escrúpulos a la hora de saquear con el fin de amasar fortunas. Tampoco cuando se trata de la violación de los derechos humanos y cometer crímenes de lesa humanidad.

La dictadura trata de despojar a todos seres humanos de su dignidad. En la lógica del régimen todos los seres humanos son comprables. La dictadura Ortega-Murillo es una fábrica de indignidad.

La generación de valor en la producción se relegó, beneficiando los rendimientos provenientes de las rentas, con un impacto más grande en la desigualdad de los ingresos y la concentración de la riqueza.

En la era de capitalismo de “amiguetes”, no hay rama o sector productivo en el cual el régimen no ejerzan su poder, sea en forma de oligopolio o monopolio, directa o indirectamente.

Su poder militar, policial y financiero está en condiciones, y lo hace, para organizar las actividades paramilitares, asesinar dirigentes políticos, sindicales, medio ambientales, poner y quitar diputados o alcaldes, crear hambruna o reprimir poblaciones.

La dictadura no tiene principios, les mueve el ansia de riquezas. Sin escrúpulos están dispuestas a matar con tal de no apearse del poder. Esa es su historia. Para el régimen el “status quo” es indispensable.

Nadie dijo que la salida de la dictadura sería fácil, pero siempre sorprende tropezar con la misma piedra (la improvisación y la falta de estrategia) y constatar esa capacidad para dilapidar los momentos de ruptura y logros, obtenidos dolorosamente, simplemente por no actuar con estrategia durante los meses de mayo y junio 2018. Dicho de otra manera, esa disposición a no querer ganar cuando se tiene todo para conseguirla.

Un gran aprendizaje fue la unidad de la oposición para las elecciones de 1990, que agrupó a 14 tendencias políticas de un gran espectro y fueron capaces de tener un objetivo común. La épica de ese período fue vencer el miedo para conseguir la victoria. El gran logro fue derrotar los egoísmos y las distintas miradas por un objetivo común.

Hasta ahora no hemos visto ese nivel de análisis y generosidad. En enero 2020, observo mucha dispersión y un diagnóstico confuso, para una épica para construir la verdadera unidad. No habiendo unidad de propósito y sentido de urgencia estamos muy mal parados.

Necesitamos un discurso homogéneo que genere confianza acerca del proceso político para unificar a la gente y derrotar a la dictadura, y eso, por ahora, no está garantizado.

Mientras eso ocurre en la oposición amplia, la dictadura se moviliza para cohesionarse en torno a la consigna “el comandante se queda”. El desorden que reinó en sus filas comienza a desaparecer y buscan como recuperar la base social perdida.

A nadie le conviene pensar que la crisis ya ha sido superada y que la protesta social no volverá a ser la misma. Con un gobierno con una mínima aprobación y las instituciones desplomadas en términos de confianza, es imposible pretender normalidad. Las protestas sociales renacerán con otras características.

Por lo tanto, es necesario presentar a la población una agenda de cambios sociopolíticos relevantes que recojan el sentir de las mayorías. El movimiento nacido en abril 2018 ha demostrado que los dogmas de fe sobre los cuales actuaba la política tradicional, ya no existen.

Hoy tenemos que pensar en reformas estructurales de largo plazo y debatir sobre la manera de salir de la dictadura. La discusión acerca de un nuevo contrato sociopolítico es insoslayable y no tenerla es sólo aplazar la caída de la dictadura.

La lucha contra la dictadura Ortega-Murillo se debe fundamentar en principios irrenunciables. Dignidad y ética. Lucha por la justicia social, la igualdad y el bien común.

No aspirar a convertir la sociedad nicaragüense en un supermercado, donde todo se compra y vende. Hay que creer en una vida digna y reivindicar la democracia como forma de gobierno.

El nuevo gobierno tiene que establecer compromisos firmes en materia de educación, memoria histórica, pensiones, género, vivienda, migración, restaurar los derechos sociales, políticos y económicos que han sido suprimidos.

El liderazgo debe ser asumido por una persona íntegra. Que no tenga cola que le puedan pisar. Que no se enriqueció ni vivió en el lujo o hizo de la política un negocio.

Tiene que ser una persona que combatió desde los principios éticos a quienes rechazaron con comportamientos propios la lucha contra la dictadura Ortega-Murillo y lo hizo abiertamente.

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